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Perla Cordi de Chalelof, palabras de la autora: “Mi preocupación son los que todavía están fuera del camino de la Torá”

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Perla y Jaim, protagonistas de la historia.

Perla y Jaim, protagonistas de la historia.

¡Querido Jaim!

A cuántas almas ayudaste a elevar cada día más… esa pequeña llamita, hasta que su luz brillara con todo su esplendor, en cada baal teshuvá que has hecho; gracias a Di-s, yo creo que miles y miles… No sé qué lugar ocuparás en el Shamaim, desearía que el T-dopoderoso te otorgue el poder de defender a cada neshamá, nuestros queridos hermanos iehudim, así como trabajaste en este mundo. Que continúes con tanto amor y cariño en el Cielo. Quiera Hashem que así sea. ¡Amén!

Estoy segura de que no todo en el mundo se va por completo: Jaim, has dejado huellas muy profundas en tu paso por este mundo.

Quiero que sepas que seguirás siendo mi brújula en el sendero que debo seguir, continuarás siendo siempre mi maestro, conductor y guía.

La realidad es que mientras recuerdo tus cualidades me brillan los ojos y me tiemblan los labios.

Quiero imitarte, lo haré de a poco: quizá lo logre, bezrat Hashem.

Perla

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“Mi preocupación son los que todavía están fuera del camino de la Torá”

Es con gran emoción que deseo presentar este pequeño séfer. Es para mí un honor inmerecido contar la vida y obra de mi amado esposo, Jaim Chalelof Z”L. Soy consciente de mis capacidades, pero lo hago impulsada por muchos de sus amigos que me insistían y alentaban para que tomara esta determinación y, como se dice: “Donde no hay un hombre, trata de ser hombre”. Así que decidí hacerlo.

Me cuesta mucho hablar de la personalidad de Jaim, pero quizá estas líneas sirvan de ejemplo y otros traten de imitarlo. Es este el motivo de dar a conocer quién fue. Fue un hombre respetado por todas las comunidades. Fue un hombre que se destacó por sus cualidades, su elevado temor a Boré Olam y su enorme humildad. Fue un hombre que conquistó los corazones de sus hermanos iehudim y los atrajo con su musar al camino de la Torá.

Fue esa su labor en este mundo, una tarea que realizó durante seis décadas. Trabajó incansablemente y su accionar se propagó a muchos países: Argentina, Estados Unidos, México, Israel, Uruguay.

Era difícil que se le escapara algún iehudí sin que hiciera teshuvá. Cuando lo lograba, su corazón y el de su maestro, el “Ribbi” Grimberg, rebosaban de alegría. No creo que haya comunidad por la que no haya pasado “don Jaim”. Con lluvia, sol o frío intenso él caminaba en Shabat setenta u ochenta cuadras. Para él no había obstáculos, ni nadie que lo detuviera. No cuento esto a modo de alarde, sino para dejar un testimonio del esfuerzo que se ha hecho para ver lo que estamos viendo hoy en día en distintos barrios de Buenos Aires (y en todo el mundo): miles de jóvenes estudiando y cumpliendo nuestra amada Torá.

Esta obra nunca terminará. Después de años sin poder hablar, poco antes  de partir tuvo un día de lucidez y me pidió que prosiguiera con su obra. Se fue pensando en los baaléi teshuvá. ¡Qué mérito! Y es por eso que pido a Boré Olam que los lectores tomen la iniciativa de imitarlo. Me gustaría que

esta obra sirva como “una fuente de agua pura y fresca” para que beban de ella nuestros hermanos, independientemente del grado de cumplimiento de nuestra amada Torá.

Junto con Matías Mondschein, quien le dio forma a todo este proyecto, hemos titulado el libro Simplemente… Don Jaim Chalelof Z”L. Es que era así como se conocía a este humilde ser humano que ha dado vida a miles y miles de judíos que desconocían sus raíces, inculcando el valor que tiene el cumplimiento de los preceptos y quien (junto con otros compañeros) ha hecho una verdadera revolución histórica en la comunidad judía religiosa de la Argentina a partir de la década de 1940 y hasta su desaparición física en el año 2009.

Era un hombre humilde, cariñoso, que amaba a todo Am Israel y también a quienes no lo eran. Se manejaba con el más absoluto respeto y se destacaba por ser poseedor de innumerables virtudes, entre ellas humildad, generosidad, sencillez, rectitud y pureza; asimismo, poseía cualidades especiales como emuná, bitajón e irat Shamaim. ¡Era admirable oírlo hacer tefilá!: la pronunciaba

con lágrimas en los ojos. Era imposible no emocionarse. En pocas palabras: fue un ejemplo de vida.

Una vez me dijo una frase que marca su persona. Me señaló: “Perla, hay mucha gente que sufre por su parnasá. Baruj Hashem nosotros no vivimos muy holgadamente, pero no nos falta nada. ¡Cómo me gustaría tener dinero para poder dar una gran tzedaká!”.

Fue así como un día llegó a casa una señora con serios problemas económicos. Jaim estaba juntando dinero para pagar cierta mercadería, pero le dio todo a aquella mujer y le explicó que no se preocupara por él, que todavía tenía veinte días para pagar la deuda. La señora se llevó el dinero agradecida pensando que en menos de aquel plazo lo podría devolver. Mi esposo se esforzó trabajando más de lo acostumbrado, ya que quería cumplir con esa mitzvá que tanto le importaba. Cuando la mujer vino a devolver el dinero, él ya había cancelado la deuda y de ningún modo quiso recibir una devolución que para él “ya estaba saldada”.

Siempre había entre sus manos libros de musar. Generalmente estudiaba solo. Sus libros preferidos eran Pele Ioetz, Yalezu Tzadikim, Jok LeIsrael, Shomer Emunim y otros. También usaba Mahalot Amidot (para los adolescentes), en el cual se enseña sobre las buenas costumbres que tiene que tener el iehudí.

Eran sus herramientas de trabajo. “Es esto lo que necesito”, decía. Nunca se levantaba de la mesa sin decir antes un dvar Torá, y siempre recitaba los Tehilim cuando volvía en tren o colectivo a su casa. Tomaba un libro de musar y lo explicaba con sencillez. Formó parte de una generación que

cambió el rumbo de la comunidad judía.

¡Había que oírlo cuando le daba musar a la gente! Lo hacía con mucha dulzura  y respeto, y era así que conquistaba los corazones de los baaléi teshuvá.

Lo reitero, no digo todo esto por jactancia, pero sí feliz por haber tenido como esposo a un hombre tzadik y tahor desde el momento en que nos conocimos. Les aseguro que su boca se fue tan limpia como el día en que nació. Nunca le escuché pronunciar una palabra que no fuera buena. De personas como mi Jaim dice la Torá: “Dichosa la madre que desde sus entrañas le nace un hijo tan especial”.

Recuerdo que una vez se le hacía tarde para hacer tefilá y le pedí que la hiciera en un beit haknéset por el que estábamos pasando cerca, pero no aceptó. Luego de mucho insistirle para saber el motivo de su negativa, me contestó: “He ido varias veces y al verme llegar la gente se levanta para  rendirme respeto, pero no me lo merezco”. Tal era su humildad.

Tuvo el privilegio de que Di-s pusiera en su lengua fluidez y dulzura para dar musar y, así, sus palabras llegaban al corazón de los oyentes; les hablaba tantas veces como fuera necesario para que el que escuchara lo tuviera bien claro, que el único y verdadero camino del iehudí es cumplir con la Torá y de esa manera alegrar al Creador. Era así como se ganaba el cariño de la gente.

Esta tarea la efectuó durante seis décadas. Fue lo primordial en su vida. Cada día se esforzaba un poco más. Trabajaba con ahínco, yo diría que (de haberlo creido necesario) hasta hubiera dado su sangre. Logró que miles de almas perdidas tomaran el verdadero camino, familias enteras que ahora

cumplen las mitzvot. ¿Su cobro por esta tarea? ¡El corazón rebosante de satisfacción!

En una reunión, me presentaron a varias señoras y una de ellas me comentó que conocía muy bien mi apellido y me relató: “Con mi familia, hace unos años nos radicamos en México y ahora que regresamos a la Argentina quiero decirle que su esposo le hizo hacer teshuvá a mi hijo y gracias a él

ahora toda la familia está en el camino de Torá, baruj Hashem”.

Siempre pienso que después de sesenta y cuatro años de estar juntos no despedí a mi esposo. Se fue un Séfer Torá y el hogar quedó sin neshamá, pero seguiré adelante.

No todos conocemos el momento en que Di-s nos llamará, pero él lo supo.

Por eso, unos días antes de partir abrió la ventana de nuestra casa, hizo vidúi y luego pidió teshuvá. “Haceme ver, haceme saber dónde me equivoqué para hacer teshuvá”. Le manaban espesas lágrimas por las mejillas. Yo lo escuchaba de cerca y recordé las palabras de Rabí Akiva de cuando vio agrietarse la roca. Estoy segura de que con las lágrimas de Jaim podríamos volver a unirla.

Al día siguiente, cuando faltaba poco para Shabat y yo me encontraba haciendo los últimos preparativos, me pidió con la tranquilidad que lo caracterizaba:

“Si me escuchás cinco minutos, voy a estar bien y estaré tranquilo. Después de esto me voy”, y movió sus manos hacia el cielo. Yo estaba sentada a su lado y le respondí que aquello era normal, que este mundo es pasajero. Y me dijo: “No es ese mi problema, mi preocupación son los que

todavía están fuera del camino de la Torá. ¿Quién me va a reemplazar? Hay que hablarles con amor, cariño, dulzura. Cuando ellos sientan cariño por Boré Olam podrán ingresar a un beit midrash. Y me pidió llorando que prosiguiera con su tarea.

Estas palabras las recuerdo todos los días. Esta declaración encierra cuál era su principal misión en la vida y lo presente que la tenía aun en esos momentos.

Su preocupación eran los baaléi teshuvá. Sé que él vino a este mundo sólo para efectuar esta obra.

Entonces, dejó de hablar nuevamente. No sólo hizo que miles de almas se acercaran a nuestro Creador, sino que se fue pensando en ellas.

Quedé sin Guía, sin Maestro, sin Conductor, pero si Boré Olam así lo hizo no me cabe la menor duda de que bien hecho está, aunque la falta de mi compañero (después de tantos años de convivencia) es terrible.

Quiero que Hashem me otorgue vida para mejorar mis midot y maasim para que cuando me halle ante Su presencia no me avergüence decir que soy la esposa de Jaim Chalelof.

Mi querido esposo fue un hombre de convicciones muy profundas, todo lo hacía impulsado por la “guerra” de su fe hacia nuestro Creador. A cuatro años de su partida, todavía resuenan en mis oídos sus palabras de consejo a la gente y la familia, especialmente a mí. Dejó huellas muy visibles en el

camino de la Torá, las buenas obras y el cariño a todo ser humano.

No dejo de notar el respeto y cariño que todos sienten por mí. Me ha dejado su destacado apellido. Aunque también estoy orgullosa de ser Cordi por mi querido padre (que su recuerdo sea bendición), con quien estuve quince años. En cambio, con Jaim estuve sesenta y cinco hermosos años. Día a día

estoy tratando de superarme y poder imitarlo. Creo que lo lograré. Bezrat Hashem, que así sea. ¡Amén!

Me pareció que tenía que dejar este testimonio sobre la obra realizada por Jaim, quien logró con empeño, cariño, esfuerzo y sobre todo con amor el retorno de miles de jóvenes y no tan jóvenes que hoy son padres o abuelos que han formado a sus familias en el camino de la Torá.

Pero no sólo la dedicación de Jaim, sino también la de los muchos de sus compañeros que se consagraron con empeño y fervor a lograr que el sol brille con toda su intensidad dentro de la espesa oscuridad que había en ese entonces en la comunidad judía de Latinoamérica.

Estoy segura de que mi querido esposo tiene un lugar de privilegio en el Shamaim, muy cerca de Hashem, desde donde pide lo mejor para su Pueblo. Agradezco a Boré Olam la posibilidad que me ha dado de compartir mi vida junto a Jaim Chalelof Z”L, sea su recuerdo bendición.

Quiera Hashem abrir las puertas del Shamaim y escuchar nuestras tefilot para darnos fuerzas para seguir cumpliendo la Torá con amor y temor hacia Él.

¡Y que veamos pronto la llegada del Mashíaj!

Amén.

 

Perla Cordi de Chalelof

Noviembre de 2013 – Kislev de 5773

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